Humor
de pié
Parado
frente a un atril, de riguroso saco azul marino, pantalón de vestir al
tono y zapatillas. Hace una hora de monólogos matizada por cinco o seis
números musicales. Empezó como cómico de la familia, siguió
animando cumpleaños de sus amigos en la facultad y actualmente continúa
en lo mismo, pero cobrando la entrada. Lleva escritos unos 200 textos de humor
y el orgullo de ser reconocido por varios de los integrantes de Les
Luthiers, a quienes llama "mis maestros". Se presenta simplemente
como "Leandro", se llama igual y es de Leo. "Nacido en julio de
1975", según detalla, gesticulando innecesariamente frente al grabador:
"1,90, ojos: dos, miope de nacimiento y humorista compulsivo".
Falta
un rato para salir a escena, y cada tanto relojea el porcentaje de mesas que se
van ocupando. Pinta bien, comenta con aire de experto. En la puerta del bar hay
un afiche que lo anuncia a las 21 hs, y muestra un dibujo de sí mismo sonriente
bajo el título: "Leandro (es un) Con Sentido del Humor" (el primero
de sus cuatro repertorios).
¿Como
definirías lo que hacés?
Como
hay "Teatro leído" lo que yo hago es un "Espectáculo
de Humor Leído", ya que todo lo que digo en escena lo estoy leyendo.
Digamos que es como el músico que toca con la partitura delante, sólo
que en vez de un músico estoy yo y en vez de partitura está guión
que tengo que decir, algunos textos son demasiado complejos como para tener que
aprendérmelos de memoria.
¿Cómico
o Humorista?
Las
dos cosas. Yo soy humorista por definición. Porque el humorista es el tipo
que escribe humor, mientras que el cómico es el que representa lo escrito.
El humorista es el que escribe, puede representarlo o no.
Mis referentes por
ejemplo son Fontanarrosa, Les Luthiers, Leo Maslíah y el Negro Dolina.
Lo que hago yo es como una conjunción de esos cuatro estilos. Por ahí
desde la puesta en escena es más parecido a Maslíah, porque está
él con sus textos y su teclado. Yo le incorporo los instrumentos informales,
que tiene más descendencia "luthierana"... y actúo los
textos además de leerlos "in situ". En realidad, explicar el
show es casi matarlo.
¿El
humorista debe ser cómico entonces?
Y
no siempre, aunque sí en mi caso porque en realidad yo empecé desde
chico, y el público eran mis primos mayores. Me acuerdo en lo de mi abuela
contándoles chistes durante una hora y media a mis primos, era el tipo
que siempre saltaba con el bocadillo en la conversación, el comentario
ocurrente, todo eso. Después empecé a escribir y a probar si lo
que yo escribía era gracioso. La primera parte de mis textos los escribí
mientras cursaba en Bellas Artes la Licenciatura en Plástica, y en los
recreos se los leía a mis compañeros. Por ejemplo, agarraba a uno
y le decía: "a ver, vení que te quiero leer algo", y le
iba mirando la cara: "se ríe, no se ríe, qué hace este
muchacho ¡Ay, se rió! Bien, que suerte, se rió acá
que era donde tenía que reírse y ¿porqué ahora hace
10 minutos que no se ríe?". Entonces me empezaron a invitar a sus
cumpleaños para que les lea los textos, me decían siempre "che,
traéte la carpeta". Así nació el show, en esos cumpleaños
de mis compañeros a los que yo iba con las obritas que había probado
antes, que sabía que funcionaban y por ahí tiraba algún estrenito
a ver si la gente se reía o no. Además siempre había un montón
de desconocidos, siempre estaban: mi amigo (el del cumpleaños), dos o tres
más de la misma cátedra y después otro montón de cristianos
que andá a saber, con los cuales yo no compartía un montón
de guiños pero veía que se reían igual. Así estuve
durante cinco o seis años, antes de cobrar entrada.
¿Por
qué?
Y...
porque vos llegás a un lugar y proponés: "Che, mirá,
yo tengo así un show que a lo mejor puede llegar a andar..." "Ajá,
¿Y qué hacés? ¿Hacés música, cantás?"
"No, no, no, estoy una hora parado, leyendo". Y el tipo se te queda
mirando. "Ehhh... pero la gente se ríe, ojo". Porque todo se
resume a eso, yo lo que trato de hacer es que la gente venga y se ría.
Cuando me contratan para una cena o un cumpleaños, donde tengo gente de
5 a 70 años y veo que todos se ríen, me vuelvo loco. Me encantaría
saber de qué se ríe cada uno. Me encantaría ir y preguntarles:
"¿A ver, qué es lo que te causó gracia?" al de
5, al de 10 y al de 70 "¿Me podrías decir qué te causó
gracia, por favor, para saber por dónde tengo que ir?". Y se ríen,
y no sé.
¿Cómo
apareció la idea de los instrumentos?
Bueno,
a veces escribo letras que después me gusta musicalizar, pero eso lo podía
hacer en casa porque tengo un teclado, de pibe estudié piano. Cuando las
quise llevar a escena me encontré con que no puedo llevar teclado porque,
en mi condición de ser sólo una persona, me es imposible transportarlo.
Entonces empecé a armar instrumentos que permitieran cantar y tocar a la
vez, que no necesitaran electricidad (porque a veces me toca hacer un show en
el patio de una casa un domingo a las tres de la tarde), y sobre todo que pudiera
llevar y traer tranquilo en el micro. Así que me pergeñé
instrumentos lo más autosuficientes posibles.
Entre
ellos figuran:
La Gaita manguelódica de pié: Una
melódica conectada a una manguera de aspiradora y a un fuelle. Que permite
cantar y tocar a la vez.
La Plasticorneta da testa: Una pico de botella
de plástico y una manguera sobre un casco de obrero, que imita el sonido
de una corneta.
El Caño varófono: Dos caños de
PVC, que se acorta y se alarga.
La Celesta de tennis: Celestín
armado con el tubo de los caños de cortina y de armazón una raqueta.
La Guitarreta: Es un banjo hecho con una pandereta y el mástil de
una guitarra.
"Ante
todo es un show pobre", concluye mientras guarda nuevamente todo en su lugar,
"un show pobre de una sola persona que está frente a un atril con
los instrumentos que se pudo hacer, porque los fletes son muy caros. Por eso me
tuve que armar instrumentos transportables que bueno, aparentemente también
son graciosos".
¿Entonces
los instrumentos tienen una finalidad práctica, más que humorística?
Absolutamente,
es una cuestión práctica. Yo creo que armé un show práctico.
Supongo que se ven graciosos porque bueno, lo que yo hago es humor. Como otro
montón de cosas en la vida cotidiana que hago sin fines humorísticos,
pero aparentemente también se ven muy graciosas.
(Sobre esto último
no da ejemplos, aún siendo consciente de que deja terreno fértil
para toda clase de suposiciones)
Prefiere relatar en cambio los reconocimientos que, de a poco, está cosechando
en su corta carrera: he tenido la suerte de llevarle un libro a Leo Maslíah,
de darle otro ejemplar al negro Fontanarrosa... De que los Luthiers
me lean, lo cual es un hecho absolutamente milagroso, y me digan che, es
muy gracioso lo que vos escribís. Entonces con que los tipos que
yo he considerado mis maestros y realmente les he plagiado todo lo que sé,
me lean y les parezca gracioso, listo, ya está. Como satisfacción
personal no me lo saca nadie. Aunque mañana venga el Sr. Crítico
Literario de La Nación y me diga que el texto es una pedorreta, no me importa.
A Leandro le gusta empezar puntual, pero nunca lo logra. Ahora son las 21:30,
ya están casi todas las mesas ocupadas y hay que comenzar.
¿Estas
muy lejos de poder vivir de esto?
Mis
expectativas", resume poniéndose el saco, serían no te
digo vivir de esto, pero sí poder hacer esto y llenar, y ser muy famoso
y que las mujeres se me tiren encima.
Trabajé durante muchos
años en el kiosco de un colegio y después en una casa de fotocopias.
Y me ha pasado que cuando algunos profesores de ese colegio cuando veían
mi espectáculo decían "aahhh, ¿Pero vos también
hacés esto?"
"No, yo también trabajo en un kiosco,
tenía que aclarar, Lo que hago en realidad es esto". Mucha gente
se sorprendía de que el kiosquero también escriba: "Ah, mirá
¡Y escribe cosas inteligentes, el kiosquero!. Entonces era como una
gran virtud, porque a las personas que venden guaimayenes de fruta o sacan fotocopias
se les está prohibida la construcción de instrumentos musicales,
la escritura de textos humorísticos y luego la representación de
los mismos.
Pero bueno, espero que las cosas cambien, por eso ahora renuncié
a todos mis trabajos remunerativos para lograr lo que siempre quise: Dejar de
trabajar.
Pablo Antonini & Aldo N. Ré